domingo, 31 de enero de 2010

Una niña llora al romperse las rodillas por centésima vez


Cuchillada, patada, mordisco,
pellizco, bofetada, puñetazo,
azote contra la muralla,
caída sin protecciones en la roca viva,
porrazo tras prorrazo,
levantarme para caer de nuevo,
quitarme las rodilleras emocionales
torpemente confiando "ahora sí funciona"


Paf! Tamm! Zp! Crash! Tsh! Bom!
¿cuántos dolores tengo que pasar
por cada uno de mis errores de juicio?
¿cuántos errores más al juzgar a los que están,
los que estuvieron y los que esperan a la vuelta?
¿a cuántos más les ofreceré la piel sin coraza?
¿cuántos más me desgarrarán?

¿y por qué no les duele, cuando me dan
con las mentiras en la mandíbula?
¿con la indiferencia en el vientre,
con la injusticia partiendo mis codos?
Y mis aullidos no tocan sus oídos ciegos.


martes, 12 de enero de 2010

Déjà-vu



Ella ya sabía que eso iba a pasar. Siempre era igual. Como si fuesen cincuenta ensayos de la misma obra con cincuenta actores distintos y siempre, siempre, el mismo parlamento. Como si todas las historias de amor de su vida no fuesen más que un casting para encontrar el protagonista de una historia sin final feliz. 
Miró la hora; eran casi las dos de la mañana. Quién fuera como Scarlet O'Hara y mandarlo todo sutilmente a la mierda con un "Al fin y al cabo, mañana será otro día", lleno de estilo. Se levantó, abrió la puerta y miró arriba. Allí estaba, la luna -siempre sola en medio del cielo. Prendió un cigarrillo. Mirar la luna era reconfortante, aunque fuera para aceptar una derrota más. 
A la cresta, -pensó- si ya sabía que eso iba a pasar.
Y se fue a llorar a la cama.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Y sigo con la autorreferencia...


Como si sólo pudiese escribir desde mis nervios.
Como si sólo pudiese escribir desde mi vientre.
Como si sólo pudiese escribir desde mis hormonas.
Como si no tuviese la más mínima capacidad de ser
inteligente, o al menos racional.

A veces, desearía que estas letras no se unieran
tanto a mí misma.
A veces me avergüenzo de mi propia
autorreferencia circular.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

El vicio

 
"Tengo una palabra justa en medio de la lengua"
Jorge Díaz.
 
 
El vicio de escribir, compulsiva,
de arrojar palabras como caracoles,
de hacerlas chocar, de mirarlas,
de escupirlas como pepas de sandía.
 
El vicio que viene de la lengua,
de la piel, del vientre,
de la cabeza atormentada,
de la sangre misma.
 
El vicio que me nace en las noches
y a veces en las tardes muertas,
que regresa como la marea
y como las historias de amor.

El vicio solitario de sentir(me)
y de ver(te) en mis pesadillas,
de intentar exorcisar los fracasos
y proclamar mis pocas victorias.

El vicio privado que se hace público
y me agarrota los tendones,
el vicio de escribir para mí,
para ti, para todos y para nadie.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Y ya no te creo


Y me preocupa sentir que ya no duele.
Apenas un hormigueo de molestias vagas
ante el descaro de las mentiras.
Los muertos son los que no sienten.
Y las esperanzas y las confianzas muertas
enterradas bajo un cúmulo de decepciones
donde no se escuchan ni mis viejos lamentos.

Y me preocupa darme cuenta que ya no me importa.
Que ya no te creo, que ya no me asombra,
que las burlas pasan sin rozarme la espalda.
Que sin rabia verdadera no puedo intentar nada
porque ya no hay ganas de dar la vuelta
y oí de nuevo zumbar tus halagos huecos
pidiendo mi cuerpo con la cabeza en otra parte.


Que he perdido la fe en ti.
Que no la perdí, que tú la destrozaste.
Que ya no me da ni pena.
Que sólo extraño cómo era yo
cuando te creía.


martes, 24 de noviembre de 2009

(sin asunto)


Hoy no puedo escribir. 
Simplemente, me atoro con las ideas. 
No soy capaz de sacarme de entre las costillas 
toda la frustración enredada, 
los rosarios de decepciones amarradas. 


Hoy la rabia no me empuja hacia adelante:
ha decidido replegarse sobre sí misma
enfurruñada como niña chica,
como la tímida vecina tristeza
de la que siempre se ha burlado.


Hoy la confusión no estalla como petardos
dibujando en el cielo (o en el suelo)
desordenadas estrellas de colores,
sólo se me estanca como papel mojado
atorado en el borde del desagüe.


Hoy se me fue lejos la inspiración.
No quiero seguir manoseando las teclas
como si a punta de masajes se pudiera
hacer volver lo que jamás hemos tenido.
Hoy (creo que) no voy a escribir.



martes, 17 de noviembre de 2009

La angustia, por qué quiero, por qué escribo...


La cabeza hinchada, los ojos ardiendo, la sangre agolpándose en las sienes con ganas de huir lejos del alma atormentada...

Es como si el cuerpo se uniera a la rebelión del alma, como si gritaran juntos en son de protesta por el maltrato, por el descariño, por la injusticia, por las mentiras, por la insinceridad, por las traiciones de todas las formas, tamaños y colores...

Las manos se deslizan inquietas por el pelo, por el teclado, por la cama, por los labios, por la nuca... como si buscaran el lugar del reposo, la bahía exacta, el fondeadero donde guarecerse de toda las formas de furia del cielo... 

La única forma de refugio que he encontrado está en otros cuerpos: parejas, amantes, amigos, amigas... todo cuerpo que me brinde el afecto y el calor que necesito para soldarme a mí misma...aunque a veces sospecho que el secreto no reside propiamente en los otros ni en mí misma, sino en el puente del vínculo, en la confianza infundada, en el cariño sincero, fugaz e imprevisto, en la férrea determinación de jugar a la eterna ruleta rusa de la fe en la humanidad... y en saber que el riesgo de perder es lo que nos impulsa a jugar...

Perder sólo me desanima por un rato, pero nunca aprendo a desconfiar. Me gusta crear lazos, aunque después se lleven un trozo de mi piel con el lazo arrancado... y aunque duele lo acepto: pero cada minuto compartido, cada risa, cada mirada franca... eso no se va. Lo comido y lo bailado...

Las líneas que salen de mis dedos, las letras que se me cuelan de por entre las articulaciones, por debajo de la lengua, no son más que intentos de entender cómo funcionan mis puentes hacia el mundo, de teorizar y racionalizar lo que siempre a ras de piel: necesito a los otros. Mi mente necesita otra mente que dialogue con ella, mi cuerpo pide otro cuerpo al que sentir, mis ojos necesitan mirar en la compañía de otros ojos... No es rechazo a la propia individualidad, no es aferrarse a un otro que me saque la soledad existencial (que no se va a ir nunca), es la mera constatación de que nos necesitamos. Tan simple como eso. Nos necesitamos unos a otros. Hasta para la soledad.